Un hijo superdotado de Boston Medical Group

Si nos paramos un poco a pensarlo no hay más sexo que el nuestro; podríamos considerar que nuestra sexualidad, la humana, es la única sexualidad verdaderamente sexual. ¿Qué es eso que llamamos sexo?

 

El sexo puede parecer divertido pero no es ningún juego.

Me explico: el comportamiento sexual humano toma muchas formas. Mientras que el sexo puede parecernos, en la naturaleza, una actividad de lo más básica, en manos de los humanos se convierte en cualquier cosa menos eso. En palabras del propio padre de la sexología, Alfred Kinsey: “lo único universal de la sexualidad humana es su variedad”.

La sexualidad humana “normal” no existe. Todas y cada una de las diferentes sexualidades humanas son naturalizaciones artificiales de pulsiones naturales desnaturalizadas. Porque todas y cada una van mucho más allá de la función meramente reproductiva. Nuestra sexualidad va mucho más allá del objetivo natural de autoconservación. La nuestra es una sexualidad definitivamente sexual.

A nosotros nos interesa mucho más el sexo que al resto de especies. Nosotros hemos convertido el sexo en parte de nuestra identidad, lo hemos convertido en parte de nuestra cultura.

 

Por mucho que la supervivencia de nuestra especie dependa, como la del resto, también del sexo, para nosotros no se trata de una cuestión que acatemos sencillamente como un imperativo más de nuestra naturaleza. Nosotros hemos construido mundos enteros sobre nuestra pulsión sexual.

El deseo humano fluctúa a lo largo de la vida, pero nunca deja de funcionar como pasaporte hacia multitud de destinos y metas diferentes. El sexo es, además de sexo, la llave hacia el vínculo, la intimidad, el placer, el crecimiento personal y, con frecuencia, también la salud.

Hay mil razones distintas para buscar sexo. Mil razones diferentes para involucrarse en todo lo que conlleva la actividad sexual. Nos complicamos la vida con el sexo para sentirnos vivos, para sentirnos deseados o atractivos, para complacer o manipular, para sentirnos vinculados con los demás, para relajarnos y hasta por aburrimiento.

 

Nuestro interés sexual, como nuestro propio cuerpo, puede y debe de cambiar con el transcurso del tiempo, como también lo harán las complejidades de nuestra propia fisiología o las profundidades de nuestra psicología. Todos, en algún momento, experimentaremos algún problema de índole sexual en uno u otro momento de nuestras vidas.

El sexo es sin duda uno de los temas qué más nos unen como parejas, además de uno de los temas más difíciles de abordar.

El sexo, en tanto que megalito cultural, está plagado de implicaciones morales y políticas que varían enormemente de un lugar del mundo a otro, incluso de un tiempo a otro dentro de una misma cultura, y aún así, hay algo del sexo en lo que estamos todos inevitablemente de acuerdo: es gracias al sexo que estamos vivos y del sexo dependen todas nuestras generaciones futuras. El sexo puede parecer divertido pero no es ningún juego.

 

Para el psicoanálisis el sexo es la sublimación de la satisfacción de un impulso en ausencia de represión, y fuente de no pocos conflictos internos y externos. El sexo es, en nuestra cabeza, un concepto personal que genera persistentes contradicciones con la realidad propia y ajena, inevitables errores de traducción e interpretación desde lo natural a lo humano. El sexo existe más allá del lenguaje. Es su propio lenguaje. Y nosotros estamos llenos de palabras que a menudo no hacen más que confundirnos.

Porque el goce es definitivamente del cuerpo, pero para nosotros y sólo para nosotros, uno de sus medios siempre será el lenguaje.

“La relación sexual no existe”, que decía Lacan, porque los humanos frotamos nuestros cuerpos unos contra otros pero nos relacionamos en otro lugar (no del todo) ajeno al cuerpo: nuestra fantasía. Y la fantasía se construye con palabras.

Enfrentados al deseo del otro sentimos el instinto y la pulsión de devorarlo, de entregarnos y fundirnos con él. Es, tal y como describía Pascal Quignard en su El sexo y el espanto: “el único caso en que, cuanto más poseemos, más esa posesión abrasa nuestro corazón con un espantoso deseo. Beber, comer, son deseos que se satisfacen y el cuerpo absorbe algo más que la imagen del agua o la imagen del pan. Pero el cuerpo no puede absorber nada de la belleza de un rostro o del esplendor de la piel”.

 

La buena noticia es que, como sólo podemos desear algo mientras ese algo nos falte, el deseo humano nunca tendrá fin porque nunca puede ser del todo satisfecho. Podemos acabar hartos de frustración pero nunca satisfechos del todo.

“Sólo puede disfrutarse de una parte del cuerpo del Otro”, insiste Lacan, “por la sencilla razón de que nunca se ha contemplado un cuerpo plenamente envuelto en el cuerpo del Otro, hasta el punto de rodearlo y fagocitarlo”. Por eso, estamos obligados a salir del paso, a contentarnos, a base de pequeños puntos de contacto, de los labios, de los brazos, de los genitales, pero nunca capaces de abarcar nuestra totalidad. Hacemos el amor en el campo de batalla de nuestra cabeza, enfrentando fantasías, porque ese es el único lugar donde podemos realmente tocarnos.

“Amar es” de nuevo Lacan, “dar lo que no se tiene a quien no es”, un puente que tendemos para no quedar descolgados de un mundo en el que no podemos realmente permanecer. Lo bonito está en intentarlo.

 

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