Un hijo superdotado de Boston Medical Group

¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir vínculo? ¿Estamos buscando en el sexo el afecto que no tenemos?

Decía Erich Fromm que “el ser humano tiene dos orientaciones básicas: tener y ser”. Así, algunos construiremos nuestras vidas interesados en adquirir y poseer cosas, incluso personas, mientras que otros nos centraremos en experimentar la vida en sí; en intercambiar, en comprometernos, en compartir nuestra vida con el resto.

Del otro lado del mundo, el pastor evangelista Billy Graham popularizaba su propia versión dualista del ser humano mediante una falsa leyenda Cherokee en la que dos lobos, representando el bien (alegría, generosidad, amor, etc.) y el mal (ira, envidia, arrogancia, etc.) pugnan en el interior de cada uno de nuestros corazones. La moraleja es de todos conocida: vencerá el lobo al que escojamos alimentar.

Todos hemos escuchado este tipo de aseveraciones estereofónicas acerca del ser humano, cientos de frases del estilo: “sólo hay dos tipos de personas en el mundo…”. Todos tenemos nuestra favorita; la mía, sin ser yo nada de eso, la soltaba el personaje de Federico Luppi en la película “Éxtasis” y me recuerda siempre a mi más íntimo protocapitalista: “Sólo hay dos tipos de personas en el mundo: los que quieren dinero y los que no saben lo que quieren”.

Los humanos hemos tenido siempre la mala costumbre de simplificar el mundo de forma binaria, quizás en un intento de hacerlo más manejable, pero es ahora, en el antropoceno digital, cuando experimentamos las (bi)polaridades más extremas; habitamos una realidad cada vez más construida sobre fórmulas basadas en ceros o unos, buenos o malos, blancos o negros, masculinos o femeninos, encendidos o apagados.

Nuestro erotismo, cómo no, también brota de una dualidad erótica comandada por Eros. El Dios que, según Platón, fue concebido por Poros (riqueza) y Penia (pobreza) en el cumpleaños de Afrodita. Nuestro erotismo es pues fruto de esa dualidad, del intercambio entre la abundancia y la carencia.

 

El equilibrio, la paz, ese espacio en el que aún es posible adoptar puntos de vista, no consistiría tanto en alimentar a un animal para que destroce al otro, sino más bien en darles a ambos una dieta equilibrada mediante la cual podamos todos seguir disfrutando de la vida, mientras dure.

Son tiempos excepcionales para ser hombres; tiempos en los que la masculinidad se ve constantemente en entredicho y con razón, al menos si compartes la creencia de que vivimos dentro de un sistema desigual y relativamente opresor.

Porque aquí, como diría Orwell, todos somos iguales pero algunos son más iguales que otros, y a menos que todos los varones estemos en lo más alto de la jerarquía sería absurdo creer que sólo las mujeres están siendo violentadas. Porque en las jerarquías, como en cualquier otra estafa piramidal, la estrecha cima está construida sólo para albergar a unos pocos (y eso sí: casi siempre hombres).

Según Juan Guillermo Figueroa, profesor-investigador de El Colegio de México: “Los modelos de masculinidad son un factor de riesgo para la salud de los varones” y ahí están los datos para demostrarlo:

Los hombres mueren antes y tienen más probabilidades de padecer enfermedades crónicas y son menos propensos a cuidar de su salud que las mujeres. Tenemos más probabilidades de morir en el campo de batalla de guerras y conflictos, y de la mano de otros hombres. Nosotros (los hombres) somos menos propensos a hacernos la prueba del VIH y a recibir tratamiento una vez nos descubrimos sero positivos. Constituímos más del 80% de las personas que mueren cada año por homicidio y tres cuartas partes de los muertos por suicidio, siendo los hombres mayores de 50 años particularmente vulnerables.

Socrates decía que “una vida no examinada no merece ser vivida” y si algo queda claro, examinados los datos, es que proteger no es lo mismo que cuidar y a los hombres se nos da fatal cuidar incluso de nosotros mismos; por arrogancia o por erróneas ideas preconcebidas acerca de lo que significa ser hombres.

En nuestra cultura (porque los hombres, además de humanos, somos también seres culturales) la sexualidad, como reducto de lo invisible, se ha acabado convirtiendo para nosotros en una especie de cajón de sastre donde acaban muchas cosas que no hemos sabido ubicar en otras partes de lo social.

 

Los hombres mezclamos con el sexo la intimidad, la diversión y el gozo físico, por supuesto, pero no conseguimos evitar separarlo de la validación, la inseguridad, las relaciones de poder o el narcisismo.

Nuestra masculinidad, que en nuestra cultura necesita ser exhibida y confirmada por otros hombres, ha encontrado en la cama uno de los pocos espacios donde un hombre puede todavía mostrarse vulnerable sin ver fracturada su masculinidad.

Según la escritora y antropóloga Rita Segato, los hombres encuentran cada vez más complicado exhibir su potencia “económica, moral o intelectual” en un mundo cada vez más desigual: “Los dueños del mundo son cada vez menos” y el hombre “vive como una emasculación esta precariedad: no tiene forma de afirmarse. El mandato de masculinidad dice a los hombres que necesitan apropiarse de algo, ser dueños. La precarización de la posición masculina pone en cuestión su potencia”.

Según Segato una de las dificultades a las que se enfrenta hoy la masculinidad es que “es opaca para sí misma”, que ignorando la máxima socrática “no suele haber una reflexión ni una racionalidad descriptible detrás de muchos actos del hombre”. El hombre tiende a actuar de forma automática e irreflexiva para reponerse de su posición de inferioridad.

 

Es la naturaleza de la bestia a la que nos enfrentamos: “Hoy en día hay una inferiorización de todos y todas. Lo que pasa es que las mujeres esa inferiorización no la sentimos de la misma manera que los hombres. Los hombres tienen que reponer esa posición, y de ahí su búsqueda de demostrar la potencia”. Es en la búsqueda de reconquistar esa posición que percibe como perdida que el hombre, desterrado de la racionalidad de la que tanto presume, se deteriora, se enferma y se mata.
Vivimos obsesionados con la productividad, con demostrar nuestra utilidad en una sociedad donde hasta nuestro ocio tiene que ser de alguna manera rentable. La intimidad, el vínculo con los otros, parte esencial de la vida no centrada sencillamente en acaparar cosas, se ha convertido en un problema que lastra al hombre. En una sociedad donde el tiempo se ha capitalizado al máximo no queda espacio para generar vínculos que de todas formas no nos parecen del todo masculinos.

Y así regresamos de nuevo al sexo, nuestro cajón de sastre emocional. El sexo ofrece a los hombres una vía rápida para alcanzar esa sensación de vínculo que tanto necesitamos aunque no queramos reconocerlo; una vía rápida pero sobre todo segura para la auto percepción de nuestra masculinidad.

 

Existe un hilo de Reddit en que cientos de mujeres comparten “las peores y más extrañas formas de masculinidad tóxica que han visto nunca”. La lectura de un testimonio tras otro convierte la experiencia en algo francamente triste y tenebroso donde podemos leer cosas como esta: “Una vez tuve un novio que consideraba ‘gay’ cualquier forma de afecto que no fuera sexual, y por eso demandaba sexo cada vez que estaba triste o bajo de ánimo. No caí en la cuenta, hasta años después de haber roto con él, de que la razón por la que se ponía tan pesado era porque el sexo era su única fuente de afecto en la vida”.

¿Podría ser esa la razón por la que tantos hombres buscan sexo de forma compulsiva? ¿Estamos cubriendo con el sexo nuestra necesidad de vínculo, de afecto, o de revelar nuestra vulnerabilidad?
De nuevo, Erich Fromm, opinaba que una persona perturbada es en realidad la que ha fracasado en sus intentos de establecer algún tipo de vínculo. ¿Estamos perturbados entonces los hombres, por definición, tal y como nos entendemos ahora?

Todos hemos nacido dentro de una sociedad con sus exigencias y sus particularidades; sociedades con reglas que nos marcan cómo relacionarnos los unos con los otros. Es importante tener presente que no todas ellas están pensadas en nuestro beneficio, que sólo algunas de estas pueden conducirnos hacia el equilibrio y el bienestar.

En palabras del también filósofo Jean-Paul Sartre: “si bien no soy responsable de lo que la sociedad hizo conmigo, sí soy responsable de lo que hago yo con lo que la sociedad me ha dado”.

Si te gusta, comparte

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.