Un hijo superdotado de Boston Medical Group

Los juguetes sexuales son hoy tan comunes que podríamos llegar al comprensible equívoco de pensar que son algo nuestro, producto de nuestro tiempo. Esta es la no tan breve historia del juguete sexual

Nosotros, los hijos de la liberación sexual, quizás nos hayamos tomado por beneficiarios de avances secretos que ninguna otra generación ha podido disfrutar hasta ahora, pero la verdad es que la ciencia ha datado objetos que se consideran juguetes sexuales en la muy lejana antigüedad.

 

El 46 por ciento han recurrido al uso de juguetes sexuales para uso individual y el 40 por ciento lo han hecho con una pareja.

Los más viejos, de hecho, se remontan a hace más de 30.000 años, en el paleolítico superior, más o menos al mismo tiempo que hicieron su aparición los primeros hornos.

Nuestros abuelos, que tuvieron siempre las prioridades claras, pudieron inventar los primeros juguetes sexuales (unos penes de piedra con evidencias circunstanciales de haberse usado como consoladores) al mismo tiempo que el pan.

No son pocas las culturas que en un momento u otro han mostrado adoración por el falo (qué menos) y en el antiguo Egipto, por ejemplo, las mujeres portaban símbolos fálicos alrededor de sus cinturas como muestra de adoración a Osiris, un Dios solar que era también a veces representado como una erección. 

En lugar de la mera búsqueda de placer, los símbolos fálicos se usaban a menudo en ambientes protocolarios como la adoración a Shiva Lingam en la India, o el culto griego al dios Dionisio. Los seguidores de este último marchaban por las calles de sus “polis” sosteniendo enormes falos de madera sobre sus cabezas.

 

Un poco más tarde, en la época romana, los falos podían verse por todas partes. En Pompeya estaban en los letreros de las panaderías y, con alas, en el exterior de los templos; podían verse en los jardines privados, como amuleto para protegerlos de los ladrones, y no eran raras las estatuas de Príapo, con su descomunal falo hipertrofiado, que hacía las veces de símbolo de fertilidad. Además de repeler a los ladrones, entonces se creía que los falos servían para ahuyentar el mal de ojo.

Los indígenas Sioux, asentados en los territorios de lo que ahora son los Estados Unidos y sur de las praderas canadienses, también utilizaban símbolos fálicos en sus rituales, y George Ryley Scott, el historiador, asegura que los dioses aztecas de la fertilidad también eran representados con pilares fálicos. Artefactos fálicos asociados a estos rituales han sido encontrados en numerosos lugares, como Nicaragua o Costa Rica.

Lo que más empieza a parecerse a los juguetes sexuales de hoy en día es probable que sean los consoladores de caucho que hicieron su aparición a finales del siglo XIX. 

Nadie hablaba de su uso abiertamente, así que no podemos saber quién los usaba o qué hacían con ellos exactamente (aunque no cueste imaginarlo), lo que sí sabemos es que, aunque se indicaba claramente que estaban indicados para su uso en mujeres sus anuncios aparecían en revistas y prensa deportiva para hombres, donde se anunciaban junto a artículos de uso más prosáico como juegos de cartas, pelotas de billar y, alguna que otra vez, preservativos.

 

La mayoría de dispositivos fálicos de la época se describían como de “uso sanitario” y en publicaciones más especializadas como catálogos médicos los primeros consoladores aparecían como dilatadores vaginales indicados para tratar afecciones como el vaginismo, un estrechamiento de la vagina que dificulta el coito.

No fue, o por lo menos no tenemos constancia, hasta principios del siglo pasado cuando aparecieron los primeros dilatadores rectales (“butt plugs” en inglés) primero en revistas médicas y luego en revistas divulgativas de temas de salud. En principio venían indicados para tratar dolencias como el estreñimiento, el asma, el eccema o las hemorroides pero, una vez más, no tenemos constancia, por el silencio que rodeaba su uso, de quién los compraba o qué uso les daban finalmente. Algunos dilatadores estaban hechos de metal e incluían un émbolo en su parte inferior para permitir la inyección de líquido directamente en el recto.

Los primeros vibradores eléctricos también hacen su aparición a finales del siglo XIX, siguiendo la senda marcada por sus iteraciones previas manuales, de agua y de vapor. Eran utilizados por médicos para tratar un amplio abanico de enfermedades pero nunca se tomaron demasiado en serio como tratamientos efectivos.
La invención oficial del vibrador eléctrico corresponde a J. Mortimer Granville, que pretendía tratar con él los problemas nerviosos tanto de hombres como mujeres. Según Granville, los nervios del cuerpo tenían niveles saludables naturales de vibración y en caso de que estos niveles estuvieran de alguna manera desequilibrados podían producirse enfermedades que él podía curar con su invento.

 

Los primeros vibradores eléctricos de Granville, igual que los de ahora, servían para restaurar la armonía natural del sistema nervioso.

Granville era consciente del potencial sexual de su invento e instruía a otros médicos en su uso para aumentar la potencia sexual de los hombres, aplicando la vibración de su artefacto sobre el perineo de los pacientes.

Los primeros vibradores eléctricos de venta al público general se anunciaron como dispositivos de belleza en 1899, indicados para eliminar las arrugas y quitar dolores de cabeza.

A principios del siglo XX había docenas de empresas dedicadas a la venta de vibradores eléctricos con los que tratar de todo, desde estreñimiento hasta la ciática y la malaria.

El vibrador eléctrico fue creado para hombres y mujeres, con accesorios específicos para la impotencia masculina o los problemas uterinos de las mujeres.
La evolución cultural de la sexualidad y los avances en juguetes sexuales han ido siempre de la mano y los primeros juguetes sexuales que empiezan a alejarse del diseño fálico no aparecen hasta la década de 1970, cuando las mujeres comienzan a influir en su diseño. Aparentemente, éramos los hombres quienes teníamos fijación por la ergonomía del falo.

 

Hoy en día, cerca de la mitad de los adultos de Estados Unidos de ambos sexos reconocen haber usado juguetes sexuales alguna vez. Y de acuerdo con la investigación de la Dra. Debby Herbenick el 78.5 por ciento de los homosexuales y bisexuales han usado juguetes sexuales y cerca de tres cuartas partes de los hombres y mujeres lesbianas y bisexuales.

Según esas investigaciones el 46 por ciento han recurrido al uso de juguetes sexuales para uso individual y el 40 por ciento lo han hecho con una pareja.

El futuro del juguete sexual parece más prometedor que nunca. Hoy podemos disfrutar de juguetes de todas las formas, colores y tamaños. Los tenemos de fabricación industrial o artesanal, de plástico o materiales nobles como la madera, el mármol o la porcelana. Y, cómo no, a las puertas de la singularidad, también tenemos tecnologías de última generación como la robótica, la inteligencia artificial o la realidad virtual aplicadas al juego erótico, y hasta existen juguetes sexuales terapéuticos para ayudar a los hombres a controlar su eyaculación precoz

 

Los juguetes sexuales hoy son mucho más accesibles que ayer pero, probablemente, mucho menos que mañana. El máximo peligro, hoy en día, es que el exceso de opciones nos paralice.

Igual que en épocas pasadas existieron especialistas en recomendaciones de entretenimiento (no sé si alguien se acordará de ellos: los libreros)… ¿Qué les parece, como trabajo del futuro, el recomendador de juguetes sexuales?

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