Un hijo superdotado de Boston Medical Group

La seducción es un juego sucio, un baile entre personas que desean pero todavía no se conocen lo suficiente como para saber si desean lo mismo, donde no sabemos cuánto o qué podemos revelar de nosotros mismos sin poner en juego el objetivo de nuestro cortejo.

La gente tenemos cerebros por algo, esas maquinitas de maquinar, de desplegar escenarios posibles, estimaciones de éxito, posibilidades de fracaso, todas las rutas posibles hacia una meta. La gente, digo, no somos de fiar, sobre todo al principio, cuando no nos conocernos lo suficiente y sabemos que estamos a tiempo de presentar en nuestro lugar un personaje más interesante que la persona que realmente somos.

Cuanto más caliente más se miente: utilizamos el engaño “tan pronto vislumbraban la posibilidad de mantener relaciones sexuales”.

Lo he dicho: persona, porque precisamente esta palabra lo dice todo. Persona viene del griego antiguo: πρόσωπον o “prosopón”, término compuesto por la raíz “pros-” o “delante de” y “-opos” que significa “cara”. Vamos, que las personas somos literalmente máscaras y las máscaras, ya se sabe, son de quita y pon.

Mr. Wonderful y sus secuaces no estarían de acuerdo. Mr. Wonderful, tan optimista siempre y alejado de toda evidencia, nos instaría a ser siempre nosotros mismos, mientras que el Dalai Lama, más sabio, aconseja que sí, sé tú mismo, siempre y cuando no seas medio pendejo, en cuyo caso convendría hacernos pasar por otra persona con un índice más bajo de pendejez.

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Está demostrado que cuanto más caliente más se miente, o por lo menos eso aseguran los que se han tomado la molestia de investigarlo. Según ellos, los sujetos deseantes investigados utilizan el engaño “tan pronto vislumbraban la posibilidad de mantener relaciones sexuales”. Tan pronto se despierta el deseo “aumenta la probabilidad de que las personas cambien de actitud y comiencen a trabajar una autopresentación engañosa”. En otras palabras, cuando hay sexo de por medio los seres humanos “se adaptan, se embellecen y con frecuencia mienten”.

Ni todos mentimos, ni todos mentimos lo mismo, por supuesto, pero: “El uso del engaño en relación con los encuentros sexuales puede adoptar muchas formas, que van desde las mentiras descaradas hasta manipulaciones más sutiles y escurridizas”.

Según otro estudio: “Los que contaban las mentiras más descaradas para mantener relaciones sexuales eran los más necesitados o dependientes del sexo, mientras que los que empleaban la mentira en beneficio propio o tenían relaciones sexuales para evitar enfrentamientos mostraban una mayor preocupación por la potencial pérdida de pareja”.

También hay sesgos en la mentira: “Los hombres son más propensos a utilizar mentiras evidentes con el fin de mantener relaciones sexuales, mientras que las mujeres son más propensas a mantener relaciones sexuales para evitar confrontaciones. Los resultados confirman que el engaño sexual es un proceso de intercambio, en el que el sexo por placer y los efectos positivos sobre las relaciones funcionan como recompensa, y el sexo no deseado y las consecuencias de la decepción como inconveniente”.

Por norma, las mujeres tienden a restar importancia, o directamente omitir, el número de parejas sexuales pasadas, mientras que los hombres hacemos lo contrario y reafirmamos nuestra hombría exagerando los números. Diferentes, quizás, pero mentirosos somos todos.

Según una encuesta de Illicit Encounters, un portal británico dedicado a las citas extramaritales, las mentiras más frecuentes de las mujeres son:

● El número real de hombres con los que se han acostado
● La veracidad de sus orgasmos
● Decir que te ama cuando no es verdad

Mientras que las mentiras más habituales de los hombres son:

● No engañar nunca a sus parejas
● Nunca ver porno
● Masturbarse raramente o no hacerlo jamás

Hay mentiras más discretas que otras; mentiras activas y mentiras por omisión; versiones de la verdad que ni siquiera nosotros vemos como mentiras, aunque en el fondo lo sean.

En lugar de mentir podemos estar siendo creativos con la verdad, ofreciendo la mejor versión de nosotros mismos, como si en lugar de una cita estuviéramos ofreciendo nuestro mejor perfil para un selfie en Instagram, revelando la información personal que más probabilidades creamos que tiene de conquistar a nuestra pareja potencial.

Según Birnbaum y Reis, investigadores de la Universidad de Rochester: “La gente hará y dirá lo que sea para conectar con una persona atractiva desconocida”. “Una vez activado nuestro sistema sexual, estamos preparados para mostrarnos de la mejor manera posible. Y resaltaremos los aspectos de nuestra persona que nos hagan parecer mejor de lo que realmente somos”.

Firmes creyentes de que el fin justifica los medios quizás estemos pensando que ya habrá tiempo de deshacer entuertos tras el éxito, cuando, tal y como estamos seguros de que ocurrirá, el objeto de nuestras mentiras se haya enamorado perdidamente y nuestros defectos ya no tengan mayor importancia, pues entonces serán ellos los que se mentirán a sí mismos para maquillar nuestras imperfecciones. Win-win para todos.

Visto así puede parecer un crimen perfecto, pero teniendo en cuenta que tarde o temprano el tiempo nos pone a todos en nuestro lugar, los más desaprensivos se esfumarán como por arte de magia, tan pronto hayan obtenido lo que buscaban. Ojo con esos.

Si nuestras intenciones nunca fueron tan ruines conviene tener en cuenta que tarde o temprano tendremos que desandar el camino de nuestras mentiras, si de verdad pretendemos que nuestra conquista de una noche dure más o incluso se convierta en una relación estable. No conviene entonces alejarse demasiado de la verdad, ni atravesar ningún punto de no retorno, no si pretendemos que el regreso sea una hazaña posible, digna de ser contada más adelante a nuestros nietos.

Toda mentira que en principio facilite el nacimiento de una relación, si no termina por revelarse, se convertirá en lastre, nos cargará con una sensación de falta de autenticidad difícil de gestionar.

No es que necesitemos saberlo todo de nuestras parejas, pero sí lo suficiente para saber con quién estamos. Después de todo, si no nos aceptamos tal y como somos, ¿de quién se supone que nos estamos enamorando?

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