Un hijo superdotado de Boston Medical Group

La verdad es que los padres, tanto padres como madres, ojo, solemos estar más de acuerdo con que nuestras hijas hagan “cosas de chicos” que con que nuestros hijos hagan “cosas de chicas”.

De alguna manera, supongo, pensamos que las “cosas de chicos” no les van a venir mal en la vida a nuestras hijas; son útiles o prácticas; mientras que las “cosas de chicas” en nuestros hijos, despiertan en nosotros una incomodidad que a veces nos cuesta explicarnos incluso a nosotros mismos.

 

Yo también, he motivado a mi hijo alguna vez con un: “¡Venga, hombre. No seas marica!”

Hoy la cosa va de verdades incómodas, así que empezaré por confesar que, yo también, he motivado a mi hijo alguna vez con un: “¡Venga, hombre. No seas marica!” en tono de broma pero en el fondo más en serio de lo que me gustaría reconocer.

El sexismo, la homofobia o la misoginia que se esconden tras mis palabras de “ánimo” no provienen de la nada. De alguna manera están ligados a la creencia de que los hombres, cuanto más hombres mejor, son superiores a las mujeres (al menos tal y como las conocemos) y que la masculinidad es preferible, por superior, a la feminidad.

 

De alguna manera creemos, lo admitamos o no, que las cualidades masculinas son inherentemente más aceptables y deseables. Los niños que se alejen de la masculinidad siempre serán vistos de alguna manera como débiles, vulnerables, ofensivos o, directamente, inferiores. Y nuestro instinto protector es innato e involuntario. Cualquier padre que se precie lo habrá sentido ante cualquier situación que considere peligrosa o arriesgada para sus cachorros.

Cuando intuímos un peligro sentimos el impulso de restaurar la seguridad de nuestros hijos de la manera más rápida y directa posible, pero el problema reside, según el educador sexual queer, trans, poliamoroso y AfroLatino Cavanaugh Quick, en que “restaurar la seguridad no es necesariamente lo mismo que eliminar la amenaza. Enfrentarse a los comportamientos negativos de los demás mientras reforzamos la percepción positiva y el afecto de nuestros jóvenes que los sufren sí que fomentaría una mayor probabilidad de que este tipo de reacción restaure el sentimiento de seguridad de nuestros hijos a la vez que se dirige directamente hacia la amenaza”.

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Una y otra vez las investigaciones han demostrado que los padres tratan a las niñas y a los niños de manera diferente, por mucho que intenten no hacerlo, afectando a todos los aspectos de su personalidad, desde sus preferencias de color hasta su inteligencia emocional, sus habilidades STEM (el acrónimo en inglés de: Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) y muchas otras cosas.

Si pretendemos educar a nuestros hijos en la igualdad (no física, lo que sería absurdo, sino de derechos y oportunidades) deberíamos tener en cuenta nuestro propio e inevitable sesgo, porque “la mejor protección que un padre puede ofrecer es apoyar a sus hijos, comenzando con la revisión personal de sus propios prejuicios”.

 

Jesse Kahn, director y terapeuta sexual en el Centro de Terapia de Género y Sexualidad de Nueva York, aconseja: “Escuche y muestre curiosidad en lo referente a los intereses de su hijo. Si se desvían de sus expectativas de género, desafíese a sí mismo para permitir que su hijo participe en esa actividad, así como para apoyarlo de la misma forma en la que lo apoyaría en una actividad que en principio le parezca más aceptable”.

“Si un padre no responde”, continúa Kahn, “parece incómodo, menos interesado o menos entusiasmado con algo que hace su hijo porque no lo considera adecuado, ese padre está reforzando sus propias creencias con respecto a las expectativas de género. Es inevitable que los niños tomen nota de esa información”.

No hay nada innato en que a todos los niños, por el hecho de ser niños, les tenga que gustar el azul, los camiones, los deportes, las niñas o las películas de acción; ni tampoco hay nada innato en que los niños no sientan la necesidad de mostrar sus emociones o tengan que ser necesariamente malos en la cocina o limpiando la casa.

 

Tal y como yo reconozco haber hecho más de una vez, expresiones como “sé un hombre”, “los niños no lloran”, son “cosas de chicos”, etc, son mucho menos inocentes de lo que nos gustaría pensar, y llevan implícita una carga que quizás sea demasiado pesada para un niño cuya principal prioridad es garantizarse el afecto de sus progenitores.

Los padres no podemos enseñar algo a nuestros hijos que nosotros no hayamos aprendido antes, así que conviene hacer un ejercicio de autocrítica y analizar de dónde nos vienen nuestros prejuicios, si es que los tenemos (que levante la mano el que no) para determinar si estos prejuicios son más importantes para nosotros que la libertad emocional y de crecimiento de nuestros vástagos.

Cuando arqueamos nuestra ceja ante un comportamiento que no casa con la zona de confort de nuestra masculinidad, nuestros hijos, esos pequeños espejos, van a darse cuenta y si no sabemos explicar el porqué de manera eficaz llegarán a sus propias conclusiones acerca de lo que es aceptable y lo que no.

 

Vale la pena tomarse la molestia de explorar estos asuntos en uno mismo, para hacernos más agudos y perspicaces como padres a la hora de escoger y modelar la herencia, quizás involuntaria o inconsciente, que queremos legar a nuestros chicos.

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