Un hijo superdotado de Boston Medical Group

No es nada nuevo. Los seres humanos utilizan las drogas con fines sexuales desde hace miles de años. La procreación y el sexo siempre han sido asuntos relevantes cuya trascendencia, sobre todo en culturas antiguas y en pequeñas comunidades, trascendía los intereses de la pareja y afectaba a sus respectivas comunidades a través de lo político, lo moral y lo religioso. Drogas y sexo. Bienvenidos al #chemsex

 

Para asegurar la potencia sexual en los encuentros más cargados de peso social, los afrodisíacos eran a menudo utilizados para garantizar el éxito y potencia sexual de los representantes de ambos bandos.

Muchos productos de nuestro entorno se consideran afrodisíacos, desde las fresas hasta las ostras crudas, pasando por el chocolate, el café y la miel

Las disfunciones sexuales tampoco son exclusivas de nuestro tiempo. La incapacidad para concluir con éxito un encuentro sexual, la eyaculación precoz o la incapacidad para eyacular, la disfunción eréctil, la falta de libido o los comportamientos sexuales compulsivos, nos acompañan desde tiempos inmemoriales y los empezamos a combatir hace ya mucho tiempo con todos los recursos, de origen animal o vegetal, que la naturaleza tuvo a bien poner a nuestro alcance: el ámbar gris de los árabes, la piel de sapo en el Chan Su chino o la Piedra del Amor india; el Panax Ginseng de la medicina tradicional china o la cantárida o “mosca española” que en realidad no es una mosca sino un escarabajo aceitero… Todos ellos han servido de estimulantes sexuales en algún momento de nuestra ya larga historia.

Consideramos afrodisíaca cualquier sustancia que estimule el instinto sexual, incremente el deseo o aumente la potencia sexual y/o nuestra capacidad para sentir placer (la palabra deriva del nombre de la diosa griega del amor, Afrodita). Muchos productos de nuestro entorno se consideran afrodisíacos, desde las fresas hasta las ostras crudas, pasando por el chocolate, el café y la miel, aunque no hay evidencia científica alguna que apoye estas teorías.

 

El objetivo del consumo de drogas en el sexo, hoy en día, busca favorecer la sociabilidad y la función sexual, a menudo para propiciar tipos específicos de prácticas sexuales menos convencionales; hacernos capaces de abordar situaciones sexuales que, o bien no nos convencen del todo a primera vista o bien necesitan de estímulos, de forzar la máquina, para poder ser llevadas a cabo.

El aumento de confianza que provocan las drogas, la mayor intensidad del placer, de las experiencias, y una mayor resistencia física podrían parecernos, en principio, una gran idea, pero al mismo tiempo sustancias como el alcohol o la marihuana suelen ser también las responsables de que escojamos parejas sexuales “atípicas” y de que nos despertemos arrepentidos de lo que, bajo sus efectos, nos pareció una estupenda idea.

 

El consumo de drogas inhibe, lo sabemos todos, pero a veces olvidamos que no lo hace de forma selectiva: de la misma manera en que aumenta nuestro umbral de tolerancia y reduce nuestra percepción del peligro, nos hace más propensos a desembarazarnos de toda precaución y dejar de lado asuntos normalmente prioritarios como nuestra salud sexual y nuestra propia integridad personal, tanto física como emocional.

La introducción del sildenafilo, el primer fármaco contra la impotencia, sacado al mercado por la farmacéutica Pfizer a finales de los noventa, junto a sus competidores, el vardenafilo y el tadalafil, fue ciertamente disruptora y acaparó entonces toda la atención pública del momento. No era para menos.

Pero por si eso fuera poco el final de los noventa también vio surgir otro incidente social disruptor, el nacimiento y proliferación del acceso a internet, de los nuevos canales de conexión y comunicación; del advenimiento del porno a gran escala, de sobra conocido por todos, y lo que este hizo con las prácticas sexuales y a lo que, como sociedad, estamos dispuestos a aceptar como nueva normalidad.

Ya lo hemos dicho aquí antes: El sexo “tradicional” se ha convertido en algo totalmente banal, mientras que las malas costumbres del porno más duro se dejan ver en cualquier cama del planeta. El sexo, hoy en día, tiene que ser más “bestia” para conseguir captar nuestra atención.

Proliferan fenómenos sexuales, como el ChemSex, que se apoyan en el abuso de drogas para facilitar y sostener la actividad sexual, específicamente en actos de alto riesgo (sexo sin protección en grupo). Este tipo de subculturas sexuales va más allá de la juerga y el descontrol y se basan tanto en el consumo de sustancias (como las metanfetaminas, la mefedrona, el GHB o ácido gamma-hidroxibutírico y el GBL o gamma-butirolactona, etc..) como en las nuevas formas de conocer gente y convocarse a través de apps (como Grind, Tinder, Wapo, Scruff, Happen, etc..)

Mayoritariamente pero no exclusivamente un asunto de hombres, el ChemSex puede también ser practicado por personas de cualquier orientación sexual, solas frente a un ordenador manteniendo actividad sexual online con individuos o parejas en busca de nuevas y fuertes sensaciones.

Las autoridades sanitarias de países como Gran Bretaña o España ya han alertado sobre el aumento de adicciones y de infecciones de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual y del desgaste, no sólo físico sino también mental, producido tras sesiones de sexo desenfrenado de horas e incluso días, capaces de conducir a trastornos psicóticos o cuadros esquizofrénicos, por no hablar de los incidentes de agresión sexual que han tenido lugar tras una sobredosis accidental de drogas.

La liberación sexual y la amplitud de miras en nuestro comportamiento sexual nos abren un mundo de satisfacción en nuestras relaciones y de una mayor autoestima como seres humanos, pero, tal y como advertía el poeta beatnik Lawrence Ferlinghetti, no nos conviene entregarnos sin un mínimo de sentido común y olvidar anteponer nuestra salud al resto, pues: “Si abres tu mente demasiado, se te caerá el cerebro al suelo”. #FelizSexo

 

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