Un hijo superdotado de Boston Medical Group

Facebook se fundó en 2004 y a los hispanohablantes se nos contagió la fiebre cuatro años más tarde, a tiempo de cambiarnos la vida. Esto significa que los usuarios pioneros llevamos secuestrados allí más de diez años y que no es de extrañar que, para las nuevas generaciones, no seamos más que una banda (de 2.000 millones y pico, eso sí) de “boomers”. Muchos, además, las usan para encontrar pareja pero ¿Cómo de privados son nuestros flirteos por redes sociales?

El propio Facebook fue concebido para que Mark Zuckerberg pudiese evaluar lo atractivas que le parecían las mujeres de su universidad.

Las redes sociales pueden parecernos sólo eso: redes donde relacionarse con los demás. Pero entre bambalinas ocurren muchas cosas y nadie tiene claro qué con exactitud o cuántos experimentos sociales esconden. Lo que sí está claro es que los datos recopilados son el sueño húmedo de cualquier investigador social. Porque todos tenemos nuestras propias razones y maneras de utilizar las redes sociales pero, al menos en mi caso, “acechar” los perfiles de los demás está entre mis actividades favoritas. Y sospecho que no soy el único.

Facebook lo registra todo, incluso lo que tecleamos pero nunca llegamos a enviar. Facebook, y cuando digo Facebook me refiero a cualquier red social, sabe qué perfiles miramos a escondidas sin dejar un solo “like” a nuestro paso. ¿Sabes tú cuánto tiempo pasas a la semana mirando a escondidas las fotos de esa vecina con la que a penas te atreves a hablar? Facebook lo sabe. Tú no sabrías dar un tiempo estimado mientras que Facebook, Insta, Snapchat, TikTok, Twitter o la red que sea saben de sobra hace cuántos minutos tu actividad secreta dejó de ser algo saludable. Ellos llevan la cuenta de hasta en qué esquina de tu pantalla reposa más tiempo tu cursor.

Imagina que te gusta alguien, pongamos esa vecina de antes o una compañera de trabajo, o la prima de un amigo que has visto colarse alguna vez en sus fotos familiares. Poco importa. Al principio, porque no eres ningún monstruo, no haces más que mirar su perfil a escondidas. Le acabas pidiendo amistad y, como es gratis y pareces inofensivo, te la concede. No dices nada, empiezas por limitarte a observar y evitas parecer un acosador hasta que, sabiamente, colocas un estratégico comentario gracioso, más o menos inocente, que recibe un justo like de reconocimiento. Vas dejándote ver más, hasta que te pide amistad de vuelta. La conexión es real. Ella también comenta tus fotos con comentarios cada vez menos sutiles hasta que, de repente, ya no se dicen nada más en público.

Como la pareja que inventó el pudor ahora todo lo que tienen que decirse se lo dicen por privado. De cara al público general es como si no se conocieran. Tu amigo no tiene ni idea de la que te traes con su prima. Nadie sospecha nada o eso piensas, pero amigo, Facebook sabe lo que estás haciendo incluso antes de que tú lo sepas, porque sólo ellos saben que, cuando tú le pediste amistad por vez primera, ella también acechaba tu perfil a escondidas.

 

Según el rastro de nuestra actividad online se sabe que, aproximadamente 100 días antes de cambiar nuestro estatus de “soltero” a “en una relación”, es más probable que usemos palabras como “amor”, “dulce” o “feliz” y que, cuando el fin está cerca; una semana antes de que termine la relación; un usuario tiende a comunicarse de forma más activa con sus amigos y familiares: intercambiando mensajes y dejando comentarios en las publicaciones de otros. “El día de la ruptura, el número de interacciones con otros usuarios aumenta en un 225%”.

Con este montón de datos predictivos de nuestro comportamiento, ¿cómo no íbamos a estar inmersos en la edad de oro de las aplicaciones específicas para encontrar pareja?

Hay tantas diferentes que resulta casi imposible decidirse. Tantas que no bastaría con un artículo para hablar de todas ellas, así que no hablaremos de ninguna en concreto o, mejor aún, hablaremos de cómo en realidad no nos hacían falta porque ¿cuánto necesitamos saber de una persona para saber si nos interesa? ¿qué red social es la que más información personal sobre los demás nos proporciona? ¿en cuál salimos nosotros mejor parados?

La era digital nos está enseñando mucho acerca de nosotros mismos y también estamos aprendiendo mucho del mundo que compartimos. Lo queramos o no, ahora nuestra vida entera es un experimento social. Ahora sabemos, por ejemplo, que el contagio emocional a escala masiva es posible gracias a las redes sociales. Lo que antes considerábamos un fenómeno extraño conocido como locura colectiva ahora es un término de uso común al que llamamos “Hype”. Vivimos tiempos tan locos que basta con un icono antropomórfico, un emoticono, una mera interacción no verbal, para contagiarnos de vaya usted a saber qué.

Porque, reconozcámoslo, el juego de la seducción nunca ha sido inocente. Cuando dejas de comentar en público para empezar a hacerlo por privado, incluso con un simple corazón, lo haces por algo. Quizá tienes una pareja a la que no quieres ofender o pasas del juicio de tus amigos, o quizás no estás seguro de lo que sientes o quieres preservar lo que sea en el mundo de la fantasía, o la relación con tu crush que tú ves, en principio, como inocente, la quieres sólo para ti: da igual.

El coqueteo está hoy inextricablemente ligado a los medios de comunicación social. El propio Facebook fue concebido para que Mark Zuckerberg pudiese evaluar lo atractivas que le parecían las mujeres de su universidad. 

Mucho ha ocurrido desde entonces y cada red social tiene su audiencia y sus normas. Se puede ser demasiado joven para Facebook y demasiado viejo para Snapchat (por eso existen Twitter e Instagram). Y Twitter, que un año tras el derribo de Tumblr, se está convirtiendo en un refugio para el contenido adulto amateur, aunque sigue siendo una red mayoritariamente textual está cada vez más cerca de convertirse en un paraíso sexual, con cada vez más desterrados por censuras alérgicas a los pezones femeninos como la de Instagram.

No es lo mismo, ni significa lo mismo, enviar un privado por Messenger a una amiga virtual que por Twitter a una perfecta desconocida; aunque sospechamos que los Stories de Instagram se inventaron precisamente para eso, para que escribirse mensajes privados resultara más sencillo entre desconocidos. De hecho, tal ha sido su éxito que ahora hay Stories “sólo para amigos cercanos”, Stories libres de indeseables y de miradas indiscretas como las de tus familiares más metiches, tu jefe o incluso tu propia pareja; Stories a las que subir tus fotos más Thot sin miedo al acoso o a las consecuencias.

Las redes sociales más inocentes están familiarizadas con nuestros comportamientos más perversos. Pueden ayudarnos a esconderlos, pero no dejan de tentarlos con ardides más o menos discretos: como sugerirnos la amistad de quien acecha nuestro perfil o poner en el chat, siempre la primera, a la chica con quien más nos gustaría hablar pero no nos sentimos capaces. Pequeños empujones que las redes sociales nos dan en su búsqueda de volverse imprescindibles. ¿Qué no sabrán de nuestros gustos a estas alturas?

Al final, por mucho online que sean, las redes acaban pareciéndose cada vez más a la realidad. Una realidad aumentada, pero que se acaba rigiendo por las mismas normas que la calle IRL porque, después de todo, acechar es una cosa y acosar otra muy distinta. Las mismas normas de educación y respeto siguen aplicando independientemente de la sencillez que aporten estas nuevas (y no tan nuevas) herramientas de flirteo.

 

Si te gusta, comparte

Te interesa

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.